La buena decisión

Una amiga se compró un día un artilugio para tomar decisiones, una especie de pequeña ruleta con palabras del tipo "ahora no", "piénsalo más", Si, "No"...
Ella andaba buscando piso, y pensó que aquello la podía ayudar...y la ayudó.
De hecho, cualquier cosa la habría ayudado: las cartas del tarot, unos dados, los posos del café...
Ella es una mujer muy organizada, previsora y segura de sí misma, de hecho ya había confeccionado una tabla con distintos criterios para tomar la decisión: el tamaño del piso, la orientación, el número de baños, la cercanía a algún colegio. Pero faltaba algo entre aquél enmarañado conjunto de criterios vitales para su calidad de vida: la decisión que ya había tomado.
Y es que cuando pensamos que estamos tomando una decisión, realmente lo que estamos haciendo es confirmar o rechazar la decisión que ya hemos tomado, nuestro cerebro siempre nos toma la delantera, eso sí, no lo hace en solitario, previamente se ha puesto en contacto con todo nuestro cuerpo, que le ha transmitido información visual, auditiva, olfativa, táctil e incluso gustativa para decirle cuál es la decisión correcta.
Pero...¿qué criterios usa nuestro cerebro?, ahí está la cuestión. Las decisiones de nuestro cerebro se atienen a distintos criterios en función del nivel de alerta que ha impuesto una pequeña parte de éste llamada "amígdala". Cuando el nivel de alerta es elevado y nuestra amígdala interpreta que andamos ante un peligro, nuestras decisiones tienen en cuenta principalmente criterios de supervivencia, a veces tremendamente primitivos.
Cuando nuestra amígdala no dicta un estado de excepción, deja que hagan su aparición criterios emocionales, tales como "me gusta y no se exactamente por qué".
Finalmente, mi amiga usó la ruleta de las decisiones, coincidió que ésta le aconsejaba algo así como..."tu ya lo sabes" y se decidió por el piso que ya había decidido antes de empezar a decidir.

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