Y miro...y sólo veo

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"Y miro, y sólo veo velocidad de vicio y de locura. Todo eléctrico: todo de momento. Nada serenidad, paz recogida. Eléctrica la luz, la voz, el viento, y eléctrica la vida. Todo electricidad: todo presteza eléctrica: la flor y la sonrisa, el orden, la belleza, la canción y la prisa" Miguel Hernández La verdad es que cuesta ver otra cosa, aunque existe una realidad calmada, tranquila, analógica aún, conectada con la naturaleza, que es lo que somos. Es difícil encontrar un tiempo para la calma y un lugar para la confianza en el ser humano, pero vamos a creer que existe. ¿Cómo no? Vamos a ponernos un propósito para este año que está aún desperezándose. Pero por favor, sencillo.

El lenguaje de las semillas

 

“Elige una” -  así empieza este juego metafórico con semillas.

“Ahora explícame por qué elegiste esa y no otra” - aquí empiezan las proyecciones, identificaciones, declaraciones…

A veces sigo…”ahora, regálasela a alguien y acompáñala de palabras explicando por qué elegiste esa” y aquí comienza la verdadera magia, las palabras que brotan a veces sin conciencia clara y a veces con una intención sincera de hacer crecer algo importante en la otra persona.

 

Yo suelo recoger semillas, voy rastreando por el suelo las caídas de árboles, arbustos, plantas ornamentales, frutales.... 

Me apasionan las semillas. Tan pequeñas y tan grandes, tanta información en un pequeño recipiente, son como un pen-drive originario, con toda la información necesaria para construir una encina grande, hermosa y ramificada, o para provocar una explosión de colores y sabores en la enramada tomatera.

Qué belleza, cuánta verdad y cuánto simbolismo.


Como en los arquetipos de Jung, dentro de cada semilla está el genio, el poder de transformación en algo único y singular. Lo que llamamos “vocación” no es más que esa llamada a transformarnos en roble, encina o tomatera.


James Hillman, seguidor de Jung, recurrió a este “Mito de la bellota” para explicar cómo la llamada de la vocación requiere primero de un crecimiento hacia abajo, para echar raíces, crear un suelo firme que nos permita desarrollarnos.

Claramente la bellota es un arquetipo seminal, en mi juego con las semillas es la más elegida. Quizá por ser fácilmente reconocible, familiar, cómoda, o quizá por su llamada al inconsciente, “yo soy la verdadera semilla”.

Regalar una bellota, acompañada de palabras, es una forma de arraigar al otro, de ayudarle a que enraíce y se prepare, para un desafío, para una nueva vida, para una vida plena.

Ahora que has elegido una, siéntela en tus manos, siente su mandato, “si puedo, algún día seré un chopo, con raíces exploradoras que buscan el agua”.

Algunas semillas se resisten a ser elegidas, cuesta encontrar un lugar en nuestra mente donde situarlas. Las semillas de chopo, pequeñas y peludas, escapan fácil a nuestros dedos, aunque son suaves no parecen lo que son, se esfuerzan en un volar algodonoso, que nosotros confundimos con polen y que no son más que nubes cargadas de pequeñas semillas.

Elegir una de chopo es un acto de valentía, el árbol quiere mucha agua y sus raíces salen a buscarla, al igual que quien quiere atención y saca sus raíces fuera de la tierra buscando tuberías de reconocimiento.

Hace años que utilizo en mis formaciones esta dinámica de exploración personal de las semillas, tiene algo de técnica proyectiva, a veces es curioso cómo las características que justifican la elección de una semilla u otra se parecen a la persona que la elige. 


A veces, es simplemente una escusa para hilvanar las palabras desde su poder potenciador del otro, es bello y cuidadoso, por ello seguiré explorando con el lenguaje de las semillas.

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